La fe es realmente creer en la existencia de Dios, un Dios que está en un mundo espiritual, un Dios que se encuentra en un mundo de amor y luz.
Creer en Dios, sólo en Él, como padre espiritual, la fe es estar seguro de nuestro yo interno, nuestro espíritu y nuestra alma. Nuestro espíritu que contiene a nuestra alma, donde residen nuestras emociones, sentimientos, anhelos, esperanzas, deseos, etc. También en el alma están nuestros recuerdos, nuestras vivencias, nuestro pasado. Lo más importante que llevamos dentro, en el alma es el amor mismo que representa a Dios y al hombre en el grado de mayor semejanza. El amor es lo más importante que llevamos en el alma, por lo que el amor concibe al ser o a la persona como lo más importante y no a las cosas o dinero que lo rodean, es así que la fe no sólo consiste en creer en Dios como padre espiritual en un mundo de luz y de amor, la fe definitivamente debe creer en ese amor, que no solamente emana de Dios, sino que reside en nuestro interior, porque nuestro espíritu es amor en esencia. Por la fe creo en Dios y en el amor que emana de Él a mi espíritu y alma, y las almas de sus hijos que son mis hermanos, es decir el prójimo; en virtud a esta fe encontraré la razón de mi existencia que son mis hijos, los míos y mis hermanos también hijos de Dios y mi razón de ser.
Entonces la fe es espiritual, eminentemente una creencia espiritual de Dios y de nuestro propio espíritu, aquella luz de amor que llevamos dentro y donde realmente estamos con todo lo que somos.
No puedo entender la fe basada en creer en algo o alguien que no se puede ver. Es una fe mal basada en querer ver con los ojos que llevamos en el cuerpo, querer ver en un espacio material a un Dios material, cuando realmente a Dios no se le puede ver así, a Dios lo podemos ver pero con los ojos que llevamos dentro, con los ojos del alma.
Nuestro espíritu está en un espacio diferente, un espacio sin tiempo, está en un espacio de luz, donde no envejece nuestro espíritu, nuestra luz interior que vive en el mismo espacio donde está Dios, y desde ahí lo podemos ver. Nuestro cuerpo si tiene tiempo, un tiempo para alimentarlo, otro para asearlo, otro para curarlo y otro para dormir y descansar, otro tiempo para procrear y otro para morir al igual que nacer.
Nuestro espíritu hay que alimentarlo con la oración y el conocimiento de Dios a través de la Biblia, curarlo, se cansa, duerme, no procrea, y tiene dos momentos importantes, el de residir en cuerpo al ser concebido y el de dejar este cuerpo al morir el mismo.
Es por eso que la fe es espiritual. Realmente debemos creer en un Dios que por error se pretende ver con los ojos del cuerpo, cuando debemos verlo con los ojos del alma, lo podemos sentir adentro, podemos sentirlo en el alma y esos son los ojos que llevamos dentro, entonces veámoslo cerrando los ojos que llevamos en el cuerpo, relajémonos, concentrémonos en sentir nuestra luz, nuestro espíritu, nuestra alma y desde ahí en este mundo interno podremos sentir a Dios, sentir su amor y su luz.
Si tengo una imagen, la visto y le hago un altar, entonces mi fe esta atada a un espacio material, así nunca llegaré a Dios y demostraré realmente mi falta de fe, algo labrado, tallado, moldeado, o pintado no puede representar a Dios o al amor, entonces habré entregado mi fe a algo que no es Dios, ya que así no se le puede representar, si quieres ver a Dios y hay un altar, entonces déjalo vacío, para que ahí repose su espíritu y solo cerrando los ojos lo podrás ver. Ya que hay una única manera de verlo y esta es desde adentro por el verdadero templo de Dios es tu cuerpo y el verdadero altar es tu corazón.
Si he de creer como parte de mi fe en Jesucristo, entonces lo haré creyendo en el Cristo verdadero, que estaba dentro y que ahora vive en espíritu y cuerpo y ambos están en un espacio diferente a la vez que en nuestro mundo.
Un Cristo de amor, al que debemos llegar desde adentro, con amor.
Nadie puede sostener una fe verdadera a través de una veneración o intercesión de algún tercero, llegaremos a Dios a través de Jesucristo, a través de la oración y el amor.
No llegaremos a Dios de ninguna manera, buscando un manto santo o una imagen santa, ni con el milagro de ningún brujo o pecador, porque las cosas no son santas, lo único santo es el espíritu de Dios, de su Hijo Jesucristo yla palabra de Dios. No llegaremos a Dios por un culto que limpie el alma a través del dolor del cuerpo o la veneración, no busquemos santos muertos para que nos ayuden a llegar a Dios, pues sus espíritus están en la luz de Dios, no intentemos perturbar su paz con nuestras súplicas porque no nos oirán, demostraremos que nuestra fe no esta en un Dios verdadero, al que siempre debemos orar, agradecer o pedir por nuestros hermanos o pesares, o tal vez por nosotros, orar porque es nuestro Dios, orar sólo para Adorar. La fe es verdadera cuando nos dirigimos al Dios amoroso del universo, nuestro padre universal que está dispuesto a escucharnos, en todo momento, o ¿Qué padre amoroso no escucha a sus hijos? Si el hombre tiene el amor suficiente para prestar atención con mayor razón Dios.
Dios habla hoy al mundo a través de algunos de sus hijos, si alguien escucha al que habla y reconoce la verdad, no lo reverenciemos, no lo santifiquemos, aprendamos la verdad y con esta lleguemos a Dios desde adentro porque ahí reside la única santidad.
La fe es creer en Dios al que si podemos ver desde adentro, con nuestro espíritu y nuestra luz, que son ojos de nuestra alma. Es creer en un Dios de amor en un espacio de luz y amor que no tiene tiempo. Creer en Dios siempre presente, la fe en el amor que emana de Dios y vuelve hacia él, la fe en nuestro espíritu y el amor de Dios que lo envuelven con nuestro espíritu, y ese amor que llevamos dentro es pues nuestra mayor semejanza.
La fe es el convencimiento de saber y conocer la existencia de Dios en espíritu y amor, la existencia de nuestro espíritu en el amor de Dios, estando convencidos de que Dios desde su amor, responderá a nuestra necesidad, no quedando esperanzados, sino realmente convencidos de que él responderá.
Amén.
Hebreos Cap. 11 Vers. 1
1Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.