He tenido un sueño muy extraño, he soñado en los brazos de Dios, he soñado que Él estaba en medio del universo, de un universo inmenso, bello, iluminado por su luz donde sólo estaba Él, en medio, con los brazos abiertos, tenía muchos brazos, todos partían del centro, como un espiral infinito que se extendía hasta cubrirlo todo. En sus brazos descansaban los hombres, sus hijos, extasiados en tan bello momento, el de estar en los brazos de su Padre, que los arrullaba en el cielo bueno, en el cielo nuevo, todos por fuera eran iguales, no había diferencia, del mismo color, del mismo tamaño, en un lugar sin tiempo, donde no es necesario esperar, donde el espíritu del hombre descansa.
Miré a Dios, y me dio un don para poder ver cada una de esos espíritus, y los vi a todos muchos brillaban por dentro intensamente, otros menos y cada uno tenía su nombre inscrito en el libro de los cielos, también lo llevaban en ellos, vi mi espíritu, estaba con mi nombre, vi su luz. Luego vi otros espíritus, muchos espíritus y vi sus nombres, también vi su luz y la intensidad de cada una de ellos ante Dios, unos más otros menos, pero todos en los brazos de Dios. Algunos me llamaron la atención, no brillaban, estaban opacos, y los penosos no sólo no brillaban sino que tampoco tenían su nombre inscrito en ellos y no estaban en el libro de los cielos, descansaban sin luz en los brazos de Dios a excepción de una que si tenía nombre, pero no tenía luz, vi el nombre y sentí pena, porque conocía a esta alma que en su momento fue un alma amiga.
Dios derrama su amor por sus brazos, en los que arrulla al hombre, a sus hijos, a su creación, son almas y espíritus suyos con luz o sin luz, siempre su amor, inmenso, infinito, sin distinguirlos, por ellos esta feliz. Por un momento, en su cielo cierto, estuve en mis sueños y pude ver este inmenso amor, del que soy testigo, y estoy agradecido de tan bello don. Ahora puedo entender más aun el amor de Dios sobre su creación, el mismo que besa nuestra alma, nos arrulla en sus brazos, nos recibe en su cielo cierto, sin distinguir raza, sexo o riqueza; todos sus hijos son iguales, en un momento, en el momento del arrullo de Dios.
Deuteronomio Cap. 10
17Porque Jehová vuestro Dios es Dios de dioses y Señor de señores, Dios grande, poderoso y temible, que no hace acepción de personas, ni toma cohecho; 18que hace justicia al huérfano y a la viuda; que ama también al extranjero dándole pan y vestido.